viernes, 3 de agosto de 2012

Managing by clicking



Nos estamos acostumbrando a dirigir clickeando. a emitir ordenes por escrito sin necesidad de preguntar ni esperar respuesta (¿se llama feedback?). No hace falta. Damos por hecho que no nos tienen que cuestionar, para eso somos los jefes.

Nos estamos acostumbrando a esperar resultados inmediatos a nuestras peticiones; a pensar que el receptor de nuestros mensajes no tiene nada que hacer, salvo estar ansiosamente atento a su bandeja de entrada del outlook para empezar a actuar en cuanto reciba nuestras importantes misivas.

Esta inmediatez en la gestión, a la que ha contribuido la velocidad a la que circula la información  (y su alcance), genera en nosotros una gran confianza pues nos hace presuponer que una vez enviado el mensaje ya hemos cumplido.

Pero esta actividad que llega a protagonizar una gran parte de nuestra jornada laboral, tiene algunos inconvenientes.

El más importante es seguramente ignorar que al otro lado del cable hay personas que cuentan, que opinan y que se cuestionan las cosas (y por ende se motivan o desmotivan). Pero esta objeción probablemente no convenza a los superdirectivos de que dejen de seguir moviendo su dedo índice a la velocidad de la luz.

Por eso se me ha ocurrido otra que quizá sí les convenza: actuar así produce peores resultados. El automatismo rápido de nuestras respuestas, aunque minimiza nuestro esfuerzo, significa errores y ausencia de pensamiento crítico. Se actúa velozmente, pero sin reflexionar. Las decisiones complejas requieren de tiempo para reflexionar, esfuerzo y atención. Justo aquello de lo que carecen estos comportamientos. Para quien quiera saber a que me refiero, le recomiendo leer al premio Nobel de economía Daniel Kahneman (“Pensar rápido, pensar despacio”), quien describe a la perfección estos dos sistemas. Para quien no tenga tiempo, simplemente piense si le gustaría estar al otro lado del ciberespacio, esperando a que usted de su siguiente click.

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